En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová, me haces vivir
confiado
Salmo 4:8
La mención de la palabra “cielo” da lugar inmediatamente a gran número de preguntas. ¿Existe realmente ese lugar? Y si es así ¿Dónde está? ¿Qué es en realidad el cielo?
Para muchos, en estos últimos años estas preguntas carecen de interés. A otros les da risa la idea de que exista vida después de la muerte, y se mofan de la creencia en un cielo de bienaventuranza eterna y un lugar de castigo eterno. Muchos están convencidos que la existencia del hombre termina en la tumba.
Los cristianos, sin embargo, creemos en un hermoso lugar llamado cielo y esperamos para la eternidad dentro de sus puertas. Existe es un pensamiento que trae consuelo y sana las heridas, entusiasma y calma las penas.
La palabra cielo en su forma singular o plural, se encuentra unas 600 veces en la Biblia. Se nos da mucha información mostrándolo primero como la habitación de Dios. El salmista declara: “El Señor estableció en los cielos su trono, y su soberanía gobierna sobre todo”. El rey Salomón clamando reconocía el cielo como la morada de Dios al decir: “Oye, pues, la oración de tu siervo, y de tu pueblo Israel; cuando oren en este lugar, también tu los oirás en el lugar de tu morada, en los cielos; escucha y perdona”.
Cuando la Biblia hala del cielo como el trono de Dios, significa que está allí el centro de su administración, el asiento de su autoridad, el lugar desde el cuál emite sus edictos, órdenes y decretos soberanos. Desde allí escucha y contesta nuestras plegarias y rodeado de querubines y serafines que le sirven, recibe la adoración de los creyentes. No solo es el cielo la habitación de Dios; es también el hogar de los creyentes para toda la eternidad. Sí, podemos con razón llamar el cielo nuestra morada eterna.
Contrariamente a lo que muchos creen hoy, la muerte no termina con todo. El alma sigue viviendo y, la del creyente en Cristo Jesús,. Inmediatamente después de la muerte entra en la misma presencia de Dios. Podemos morir físicamente pero confiamos en las palabras de Jesús que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”. (Juan 11:25-26). Poco tiempo antes de ser crucificado, Jesús oró diciendo: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado…” (Juan 17:24).
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Para el cristiano, esta oración encuentra su cumplimiento al dejar este mundo y encontrarse con su Salvador. La Biblia deja claro que no todos gozaremos las glorias del cielo. Hay una condición que cumplir. Esta es tener fe en el Hijo de Dios, Jesucristo. Amigo, el camino está abierto para usted. Tiene que admitir que necesita salvación y que no puede salvarse a sí mismo. Pídale luego al Señor que le limpia de su pecados ya sí entonces, perdonado, usted podrá considerar el cielo como sumorada por toda la eternidad.
Cordialmente EP.